El extraño requisito – Joselo Marinozzi

9 Ago

El extraño requisito

Pintura
Pintura

Cuando el Agente de Aduanas estampó el sello que rezaba: “Denegado” en mi pasaporte, con una implacable y desmedida fuerza y satisfacción que percibí en su mirada, quedé en una pieza. Cerró la ventanilla y tras unos minutos de espera golpeé la misma y al rato otro agente me preguntó que necesitaba, a lo cual yo, todavía en shock, respondí que no entendía por qué me habían negado la entrada a la República de México. “Señor”, me respondió y suspiró con un indisimulable tedio- “Para ingresar a nuestro país todo extranjero debe contestar ciertas preguntas acerca de nuestra historia nacional y lo suyo fue una burla hacia nuestra gran nación. Buenas tardes”, cerró la ventanilla y al instante otro agente tocó mi hombro y me dirigió hacia el Lobby en donde debería esperar el vuelo que me devolviese a mi país, sin haber podido estar ni un segundo con mi novia que seguramente esperaba en alguna parte del aeropuerto de Ciudad de México, y yo sin poder avisarle lo que sucedía. Le enviaba textos pero estos no salían, parecía como que la vida se había confabulado para que nuestro encuentro no sucediera, por lo menos esta vez.

Gabriela me había advertido de esas preguntas que eran requisito sine qua non para ingresar al país. Aunque no había hallado ninguna referencia a tan extraño requisito en internet, ahora la realidad me abofeteaba sin piedad pero no entendía el porqué de la negativa, si yo había respondido todo lo que el oficial me preguntó. Gabriela misma me había preparado y como historiadora que es, ¿quién pudiera estar más capacitada para tal fin? ¿Cuántas veces repasamos las respuestas? Creí saber más de historia Mexicana que la de mi propio país. Casi tres semanas escuchando y respondiendo las requisitorias de mi novia, quién envestida de autoridad, fingiendo ser un agente de aduana, hurgaba en lo recóndito de ciertos acontecimientos históricos en busca de una falla mía, o un olvido y si lo encontraba, pobre de mí. Cuando me dijo que estaba listo para pasar el examen de ingreso al país, no lo podía creer.

Recién arribado al aeropuerto de la Ciudad de México, me sale al encuentro, un agente de aduanas y en el mero túnel de salida me pide que lo acompañe a una oficina y me invita a sentarme. Sin demasiado preámbulo me lanza la primer pregunta: “¿Qué fue el Grito de Dolores?”, y clavó su mirada en mí. Ni lento ni perezoso, comencé a desplegar toda mi sabiduría recién adquirida de esta forma: “Cuando el carnicero de Ciudad Juárez, estado de Chihuahua, devenido en pastor evangélico, Don Hidalgo Cornelio y Costilla, ingresó a la ciudad de México, estado de Tamaulipas, allá por 1902 o 3, y luego de tener una disputa por la concesión de unos puestos de ventas de tacos y tamales con el excelentísimo Brigadier Agustín de Iturbide, arreglaron sus asuntos y tras desayunar en casa del fray Melchor de Talamantes, decidieron en conjunto dirigirse a Acapulco y declarar la independencia”. Ahí me detuve para semblantear al oficial que me miraba como estupefacto, reacción que asimile como positiva y que marcaba un poco la sorpresa del agente (según creía yo) ante este argentino que estaba dando una clase magistral de historia mexicana. “¿Qué gritó?”, me preguntó y no entendí su pregunta así que solo me limité a responder: “¿Perdón?” ¿”Cuál fue el grito?” Entendiendo perfectamente ahora su cuestionamiento, le respondí que el grito dado en la casa de Dolores de la vega había sido, tal cual tantas veces me lo había repetido mi novia Gabriela: “¡Viva México cabrones!”, y qué así había quedado declarada la independencia de su gran Nación. El agente me depositó frente a la ventanilla de la que hice referencia al principio y pasó lo que pasó.

Estaba seguro que había contestado con exactitud lo que Gabriela me había enseñado, en fin. Ahí estaba a punto de ser deportado o conducido por un tubo de regreso a la Argentina, con las manos vacías, por decirlo de algún modo. Veinte minutos después de haber sido sellado mi pasaporte y denegada mi entrada a México, una señorita con atuendo oficial aeroportuario, me indica que la siguiera y estando ya los dos en otra sala, una contigua al lobby en donde esperaba mi vuelo de regreso, ella comienza a desatarse el cabello y cuando quita sus lentes oscuros, con la sorpresa más impresionante alguna vez sentida, entiendo, en medio de la confusión generalizada de mi mente y corazón, que ella no era más que mi novia Gabriela, vestida como si fuese un oficial del aeropuerto. Los abrazos y besos que nos dimos pagó con creces el mal momento que había pasado y comprendí que todo era solo una broma que ella me había jugado, cuando entraron los oficiales, reales oficiales, que me habían interrogado y denegado la entrada al país aplaudiendo y riéndose a voz en cuello. Resultó que eran amigos de ella y se habían prestado para esta farsa que tenía el solo propósito de hacer que nuestro primer encuentro fuera especial y vaya que lo fue.

Cuando leí por fin la verdadera historia de la independencia de México, a mi retorno de los quince días maravillosos que pasamos en casa de Gabriela, no podía parar de reírme y sentirme avergonzado también. Como no me di cuenta… Mi historiadora favorita me había enseñado una lección. Las trece horas que tomó el viaje de regreso, me sirvieron para delinear la venganza que pondría en marcha en unos tres meses cuando Gabriela viniese a visitarme a la Argentina.

Joselo Marinozzi
Joselo Marinozzi

 

Argentina
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