Novela a medida – Joselo Marinozzi 

20 Ago

Novela a medida

Joselo Marinozzi

Harto de los reclamos de mi mujer, había decidido crearle una historia y un personaje a su medida. Varios libros de los que escribí, fueron dedicados, y sinceramente, a ella.

Pero eso no le bastaba, seguía instándome a que le escribiera una historia en la que era la protagonista y el muchacho de la película era tal cual ella se lo imaginaba. Recuerdo haberme enojado varias veces y hasta la confronté preguntándole qué hacía conmigo si le gustaba otra clase de tipos. Siempre me contestaba que era solo una fantasía, un amor platónico, nada serio. Yo sabía que esa contestación no era más que rebusques de mujer para salir del paso. Tantos años juntos, yo conocía perfectamente que le gustaban los tipos rudos y desalineados, barbudos y desprolijos, no muy jóvenes, yo les decía osos. No entendía cómo estaba conmigo, delgado, pulcro a la hora de vestir y el arreglo personal, usaba cremas desde hacía mucho, no por metro sexual sino por gusto, me gustan las cosas suaves. Cuando mi mujer me tocaba las manos, yo sabía que deseaba encontrarlas ajadas y rústicas pero yo era escritor, mis manos son suaves y cuidadas; en fin, la cosa es que me asediaba con ese pedido especial así que o le llevaba el apunte o me divorciaba. Me decidí a complacerla por el solo hecho de no tener que escuchar más ese pedido que me ponía de mal humor.

No le dije nada pero empecé a escribir una novela de engaños y traiciones entre un escritor, su amada y un empleado de la casa de materiales para la construcción, que entregaba los pedidos con el camión de la empresa. Esto se me había ocurrido porque vi cómo ella miró al viejo que un día vino a traer arena para una remodelación de la casa. El tipo era rústico, de más de 50, barba desprolija, fortachón, barbudo y de pelo largo ondulado y desarreglado. Las manos callosas tras tantos años de manipular materiales, supongo. 

El protagonista era escritor como yo. Encarga materiales pues necesitaba una refacción en el quincho, una mesada y una pared divisoria. Era su lugar preferido, la tranquilidad del patio lo ayudaba a abstraerse y las musas inspiradoras volaban felices como flotando por la caja vidriada esperando su turno para volcar en la cabeza de él toda sus cargas de sensaciones. De la recepción de los materiales, como de todas las otras tareas hogareñas se encargaba su amada esposa y amiga, él permanecía en su santuario, protegido de las distracciones de la cotidianeidad y los ruidos que tanto detestaba, era el artista, el escritor. Su esposa atiende el timbre de la puerta, era Norberto el repartidor de la casa de construcción. Cuando le entregó el remito, ella solo pudo ver su mano y todo lo demás se apagó. Manos grandes y ajadas por la inclemencia del tiempo y los años que habían dejado su huella. Él le preguntó dónde colocaba los ladrillos y lo demás pero ella no lo escuchó solo se imaginaba acariciando cada uno de sus dedos minuciosamente, paladeando cada marca de guerra, cada herida símbolo de guerras pasadas. “¿Dónde pongo los ladrillos?”, preguntó otra vez, y ella levantó su vista disfrutando cada centímetro del recorrido hasta que alcanzó sus ojos, los párpados que tanto deseaba, el fetiche de sus sueños. En ese momento Norberto ya no era Norberto, era un gladiador, un ser de otra dimensión que venía por ella. Haciendo un esfuerzo que odió tener que hacer, le contestó que pasara y le hizo señas dirigiéndolo hacia un lateral de la casa, no iba a perderse la oportunidad de verlo caminar, la confirmación definitiva para saber si el ser angélico delante de ella, realmente era. Borceguíes, y jean ajustados y gastados, remera negra de boca ancha que permitía un asomo al bosque en el que anhelaba perder su nariz mientras besaba su pecho de acero. Sus piernas eran fuertes, columnas de mármol que soportarían el peso del amor. A sus ojos el desarreglo y la desprolijidad eran señales divinas y murió de amor.

El escritor vio desde su campana protectora la silueta del repartidor y a su esposa dando indicaciones. Sigue escribiendo, no percibe el peligro. La novela que escribe trata de un amor correspondido, lo pensó viendo a su amor, su esposa. Tenían una unión fuerte, él era todo para ella y ella todo para él. 

Norberto es un tipo de calle y huele la atracción, ella no dijo nada pero él ya escuchó su llamado de auxilio, sabe que ella necesita ser amada con fuego y que él ya la está quemando. Ella se siente segura tras sus pensamientos, tontamente cree que su amor secreto, todavía lo es. Norberto sabe esperar el momento, solo acecha, sabe que es de él, conoce esas miradas, las lee con pericia a pesar de sus pocos estudios. El escritor se siente confiado como si el quincho de cristal también resguardará su relación, descansa en la apariencia de Norberto, en su estampa descuidada y desalineada.

Mientras escribo la novela a medida, pienso en las diferencias y las apariencias, yo amaba los delicado y suave, lo áspero solo con frío y lo caliente sin pegotes, pero mi esposa era tan diferente, era tal cual la protagonista de mi novela, alguna vez hice cierto trabajo manual exprofeso para lograr asperezas y comprobar cómo se derretía ella al acariciar mis manos. Veía su reacción, la razonaba pero no la entendía. Yo odiaba la barba y el pelo desarreglado, me preguntaba por qué estábamos juntos, pero nos amábamos más allá de las diferencias. Sigo escribiendo… 

Cuando Norberto se marchó ella colocó en su mano un billete, una propina, aunque hubiese querido depositar toda su humanidad allí. “¡Toqué esa mano!” Se repetía una y otra vez mientras luchaba por mantener vívidas las sensaciones del roce de cada una de las rugosidades en la mano de su amado secreto. Le había ofrecido un vaso de agua fría solo para poder contemplar el goteo de la misma por su barba larga y desarreglada que se confundía con la espesura de su pecho hasta terminar en su vientre que lejos estaba de ser marcado y fibroso pero en el que ella imaginaba nadar como una sirena de gelatina retorciéndose en ese mar de amor, siendo descamada por esas manos, esas manos en las que no podía dejar de pensar. Su esposo rompe por unos instantes su burbuja de cristal y sale a su encuentro sin que ella lo notase, pone una mano sobre el hombro de su esposa y le pregunta si todo está bien, ella mira su mano y vuelve a la realidad. Esa pulcra y suave que conoce tan bien. Torna el gesto de desagrado en el de siempre y le contesta que está bien. 

En realidad sí necesitamos la pared divisoria del comedor, pienso en llamar por materiales, tal vez el confrontar el hecho real me ayude con ciertos matices de la novela. Mi esposa desconoce el propósito tras el pedido de materiales, conoce solo el primario. Cuando ella atiende al repartidor me río, qué lejos está todo de lo sucedido en la novela, el empleado es un muchacho joven y delgado, muy bien afeitado y peinado prolijo, me rio otra vez. Pero me sirve, imagino más detalles…

La mujer trama… embauca a su esposo, lo convence de otro arreglo necesario solo a su vista pero el escritor accede, busca tranquilidad y no se opone a su pedido. Cuando Norberto lee la nota, sabe que es una señal, sabe que el requerido es él, años de calle. El escritor sigue donde siempre, pensando en el romance de esta pareja que podría ser la suya, el amor en su máxima expresión. Suena el timbre, ella respira hondo y abre la puerta. Norberto necesitaba la seguridad antes de lanzarse como cazador. Su cara se desarma, el repartidor es otro, un joven carilindo que entró a trabajar hace poco, desde el camión Norberto observa y ve la reacción de su clienta, ella acaba de firmar, sin darse cuenta, el pedido de captura para su corazón. Norberto baja del camión y le dice al joven que él la va a atender. Ella al verlo se transforma pero a Norberto eso ya no le interesa. Extiende su mano y la saluda, ella sabe que si toca su mano otra vez, habría pasado irremediablemente el punto sin retorno, duda y al fin suelta su espíritu. Él la aprieta con fuerza, le hace notar su hombría y ella está sin aliento, solo puede hacer una seña para que entre las cosas. La mira subiendo la cabeza un poco, ignora que en ese movimiento sus párpados despliegan todo su poderío sobre la resistencia de esta mujer felizmente casada y ella se rinde, todo depende de él ahora, ella está a su merced, ya es suya. Cuando se retira siente imperiosa la necesidad de tocar sus manos que ahora tienen más cicatrices de guerra. Él la saluda y le pasa la factura en la que escribió su celular por cualquier cosa -le aclara- y se la queda mirando mientras ella está en pie pero no por mucho. Solo un gesto pudo hacerle, casi imperceptible pero Norberto que es un avezado cazador lo reconoce, esperaría uno o dos días. La presa estaba lista.

Seguí pidiendo cosas mientras estudiaba la reacción de mi esposa e imaginando que el repartidor era como Norberto, estudiaba sus gestos y al estar solos le preguntaba a ella ciertos detalles en forma de curiosidad y ganas de charlar, ella no sospechaba que la estaba estudiando para enriquecer su personaje en la novela. Ella ya se sentía nerviosa. 
En mi novela, el protagonista escribía más y más, describía el romance hasta los detalles más insignificantes y cómo los protagonistas terminaron ya viejitos soñando que alguno de sus hijos pudiera paladear, como ellos, el amor verdadero, en definitiva… la felicidad. 
Con la información acumulada tras semanas de pedidos a la casa de materiales, continué la novela, explayándome en el fogoso romance de Norberto y la esposa del escritor. Sus encuentros furtivos en los que él le destrozaba la ropa y ella lo mordía loca de pasión y cosas así. Hasta que un día él sale a la calle al ver que su esposa tardaba y al asomarse no ve mucho, solo la mano de ella sobre la de Norberto y la cara con que ella lo miraba. En ese momento se rompió su corazón y entendió todo.

Solo unos meses me llevó escribir esta novela hecha a la medida de mi esposa, estaba seguro que la amaría y hasta quizás recibiese esa pasión que sé que tiene acumulada aunque más no sea pensando que yo era Norberto. Ella lo desconocía pero yo llevaba unas semanas apretando cosas y pasando en mis dedos algunas sustancias para resquebrajar la piel y endurecerla, ella no lo notaba porque casi nunca me las tocaba pero esta noche le daría la sorpresa. 

Estaban trayendo el último pedido de materiales, había comprado como para hacer una casa. Mi esposa no entendía para qué tantos pero había dejado de preguntarme. Cada tanto ponía atención a las miradas y gestos entre ella y Sergio, el chico que repartía, y me reía solo y me daba vergüenza. Mirando perdidamente hacia afuera noto que se demoraba en entrar y salgo, también quería darle una propina a Sergio. Salgo a la vereda y Sergio estaba parado al lado de la puerta de casa, miro a la calle y ahí estaba mi esposa al lado del camión hablando con el chofer, que volcado sobre el asiento, la miraba desde arriba por la ventanilla del acompañante y se reía, era igual a Norberto.

Joselo Marinozzi
Joselo Marinozzi
Argentina
Derechos Reservados 

 

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